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Fifi y Chairo

Tengo dos animales —no humanos— en casa. Un perro maltés llamado Fifí y un gato mestizo de nombre Chairo.

Les confieso que últimamente ambos han copiado la conducta y los rasgos de la natura humana. Su lucha por el poder me tiene muy preocupado. Por si fuera poco, los prejuicios que guarda Fifí sobre Chairo y viceversa han provocado que sus diferencias parezcan irreconciliables.

Chairo no baja a Fifí de “perro fresa”, asegura que no tiene baño de pueblo, que jamás ha tenido que cazar un ratón y que su éxito se debe a todo menos a su propio esfuerzo. Para Chairo, Fifí es soberbio por naturaleza. Se cree —dice imitando sus ladridos— “de cruza noble” y por ende se ha aprovechado de sus contactos e influencias para ocupar los mejores rincones de la casa y obtener acceso privilegiado a veterinario, escuela de adiestramiento y comida de calidad.

La idea de Fifí acerca de Chairo es muy distinta. Fifí de entrada le teme a los rasguños y al intermitente resentimiento de Chairo. Para Fifí, Chairo es un perezoso que detesta sus triunfos y el lugar que con esfuerzo, disciplina y mérito se ha ganado. De hecho, Fifí piensa que —en el fondo— Chairo quisiera ser como él.

Chairo sostiene que Fifí no entiende que no entiende. Por más de cuarenta años solo Fifí ha tenido oportunidad de usar los bienes y servicios del hogar. Fifí lo ha nulificado, lo ha multiplicado por cero y en más de una instancia ha discriminado a sus primos y familiares.

La casa sin duda está dividida. Para Chairo es un problema de desigualdad, para Fifí es un problema de pobreza. Para ambos, es un problema de corrupción. Sin embargo, los dos están de acuerdo en hacer justicia a la honestidad... pero a futuro, ya que por ahora los dos tienen una larga cola que les pisen.

Los veterinarios que los atendieron durante su crecimiento tienen mucho que ver en el tema. El doctor de Fifí educó al perro bajo los conceptos técnicos de la economía de mercado, inculcándole la sociología del mérito y la evaluación y tomando como estandarte la cosmovisión de la libertad y la propiedad privada. En la veterinaria de Fifí hay cuadros de Adam Smith, David Ricardo y David Hume.

Por el contrario, el consultorio de la doctora de Chairo está decorado con bustos de los perros y gatos que acompañaron a Proudhon, Marx, Mao y Kropotkin en su lucha.

A Fifí, las palabras “expropiación”, “consulta por el bien público”, “impuestos” e “intervención” le generan rabia. Chairo, por su parte, es alérgico a conceptos como “privatización” o “neoliberalismo”... y ni pensar en mencionarle la Universidad de Chicago.

El problema de fondo no es lo que los hace diferentes —eso lo tienen muy claro y nunca desaprovechan la ocasión para resaltarlo y presumirlo en cada pleito de perros y gatos— sino lo que comparten: la misma casa. Olvidan que si continúan alimentando la guerra de clases y el revanchismo entre ellos, ambos y el hogar en su conjunto padecerán las consecuencias.

Fue así que decidí dar un primer paso y recurrir a la terapia familiar estructural (creada por el doctor argentino Salvador Minuchin). Los expertos fueron claros y simples. Primero nos felicitaron a todos por poner en el centro del debate del hogar, los temas relevantes: la corrupción y la impunidad. Después, reconocieron la importancia y virtud de que, después de tantos sexenios, por fin nos ocupemos de los olvidados y de los que hemos hecho invisibles.

Sin embargo, nos insistieron en comprender que, detrás de los serios problemas antes mencionados, se encuentra nuestro subconsciente; aquellas historias y narrativas que no nos permiten comprender el odio, el rencor y el daño que nos estamos causando.

Como últimas recomendaciones, nos invitaron a trabajar la empatía y el reconocimiento del poder de nuestras palabras sobre el otro; el ser conscientes de la carga que estas conllevan.

No sabemos si esto finalmente resolverá el resto de las diferencias, pero por algo se empieza. Desde ese día, se acabó el nombre Fifí para el perro y Chairo para el gato. Esos nombres les fueron asignados y ellos han decidido cambiarlos por otros sin estigmas ni cargas divisorias.

Hoy, Fifí se autodenomina “nosotros”... y Chairo, también.

Embajador de Buena Voluntad de la 
UNESCO

Andrés Roemer

Embajador de Buena Voluntad para el cambio social y el libre intercambio del conocimiento en la UNESCO. Es director general, co-fundador y curador honorario del festival internacional de mentes brillantes llamado Ciudad de las Ideas,1 junto con Grupo Salinas,2 que se lleva a cabo anualmente en el estado de Puebla. Es un investigador, economista, abogado, diplomático y periodista mexicano, especialista (doctor) en políticas públicas. Es creador del pre-G20 Rethinking G20: Designing the Future de la Cumbre del G-20 de Los Cabos, fundado en el 2012, también del festival cultural Mexican5 en San Francisco (California), en el 2014, y cofundador de Haus der Musik,6 La Casa de la Música de Viena, en Puebla.7 Es profesor asociado en Singularity University, doctor en políticas públicas por la Escuela Goldman de Políticas Públicas de la Universidad de California en Berkeley y es maestro en administración pública de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

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